Como sacado de una película de Hollywood daré a conocer la historia de un colombiano que cruzó a Estados Unidos a través del llamado “hueco” por amor a su familia y en busca de un mejor futuro para la misma. Esta es la historia de uno de los capítulos de la vida de don Álvaro Martínez.

“Tenía 46 años, en ese entonces la situación económica de la familia no era la mejor y decidí irme para Estados Unidos a ver que podía hacer, un hermano estaba en la misma condición así que nos fuimos juntos a probar suerte”.

Eran las 7 de la noche del día 8 de diciembre de 1988 cuando partieron hacia Ciudad de México, el vuelo duraría cinco horas y el recibimiento por parte de las autoridades mexicanas no fue el mejor. Por ser colombianos y por la imagen que se tiene de este país, cayeron en el estereotipo de narcotraficantes, los trataron como si fueran “mulas”.

“Jairo (mi hermano) y yo, llegamos a las 12 de la media noche, allí nos cogió la Policía Federal y nos dijeron:

- ¿Ustedes es que traen coca o qué, ¡¡¡a ver las bolsas!!!, Yo respondí:

- “Serán las bolsas de las pelotas porque no tengo más”.

- “Siguieron preguntándonos por las bolsas que no teníamos hasta que mi hermano ya algo prendido por el licor que había tomado en el avión” dijo:

- “Nos vamos a quejar en el consulado y cuando ustedes vayan a Colombia los vamos a tratar igual, inhumanos, es que lo tratan a uno como si uno fuera una mierda”.

Después de dos horas los soltaron, se quedaron tres días en México esperando la llamada del “coyote”, el coyote es la persona que se encarga de cruzar a las personas que van a EEUU por el hueco. Cuando recibieron la llamada del “coyote” se fueron para Tijuana, el trayecto en avión duro aproximadamente 3 horas.

Don Álvaro sabía lo peligroso que podía llegar a ser este viaje, pensaba en sus cinco hijos; sobre todo en su hija menor, Tatiana; la cual sólo tenía un año y medio de edad y que lo más seguro es que no recordaría nada de su padre si llegaba a pasarle algo cruzando la frontera. A su vez don Álvaro tenía muy claro que lo que estaba haciendo era por su familia, para que todos tuvieran un futuro mejor.

“Cuando llegamos a Tijuana hablamos con el coyote, nos dijo que lo esperáramos en una esquina, que a las 10 de la noche venía por nosotros y que usáramos ropa oscura. En total éramos 5 personas que íbamos para Estados Unidos”.

“A las 10 de la noche exacto llegó el coyote, nos dijo que iríamos caminando, que algunas veces nos tocaría correr y que en otras había que esconderse. Recuerdo que el coyote regañó a la pareja de salvadoreños porque se fueron de blanco y que por eso nos podían pillar.

Comenzamos a caminar por el desierto; porque la ruta por la que uno se va es puro desierto y tiene unos arbustos tupidos, tupidos. Cuando íbamos caminando, apareció el helicóptero de emigración y nos tocó escondernos entre los arbustos, y yo me metí mal y me rayé la cara y las manos”.

“Buscaban con los reflectores y nos decían (hijueputas salgan que ya los vimos, salgan o empezamos a disparar) cuando dijeron que iban a empezar a disparar me puse las manos en la cabeza y alcancé a pensar que nos íbamos a morir ahí. Mientras que nos gritaban y buscaban recé hasta lo que no me sabía, después se cansaron de buscar y se fueron y el coyote nos dijo de una que teníamos que correr y avanzar antes de que volvieran para que no nos encontraran tan fácil”.

“Caminamos 6 horas por el desierto, a las 5 de la mañana nos dejó en una montaña en la que hacía un frío tremendo y nos dijo que a las 8 de la mañana teníamos que estar listos, que un carro venía por nosotros. En la montaña se nos apareció una culebra y Jairo y yo la botamos lejos para que no nos fuera a morder. A las 8 de la mañana llegó el carro; era una chatarra además muy pequeño y ahí teníamos que caber todos y escondernos si veíamos a los de emigración”

Durante el viaje en carretera don Álvaro y sus acompañantes se encontraron dos veces con los agentes de emigración, la primera vez fue en un restaurante en el que comían y corrieron a esconderse en el patio de ese restaurante. La segunda vez fue mientras iban por la autopista, pero el conductor no freno además iba a gran velocidad, entonces no puede evitar reparar en la cara de Don Álvaro al contarme esa parte de la historia; bajo la mirada y con una sonrisa leve en su rostro me dijo lo siguiente:

- “Ese carro era pequeño, chatarrudo y feo, pero si que corría esehijuemadre. Mmm, si que corría!!”

Don Álvaro y su hermano tenían familia en los Ángeles y se hospedaron con ellos, comenzaron a trabajar y se quedaron alrededor de dos años allá. No pude evitar preguntarle a don Álvaro lo siguiente:

- Don Álvaro fue muy difícil entrar, pero ¿Cómo hizo para salir? A lo cual me respondió.

- “Salir no es problema, uno muestra el pasaporte y ya, ahí el único problema es entrar... Es muy duro”

- “A mi no se me va a olvidar nunca esa aventura, eso es muy duro, no se lo recomiendo a nadie”

Mientras don Álvaro me contaba esto movía su cabeza de un lado a otro y con un gesto de tristeza y a la misma vez nostalgia en sus ojos, lo cual entendía de cierta forma; pues no debe ser fácil acordarse de que estuvo tan cerca de la muerte.

Luego de 19 años de su aventura, hoy don Álvaro sigue con su vida y junto a sus seres queridos, pero eso si sin olvidar lo sucedido, como él dejó claro líneas atrás.

Don Álvaro Martínez es un antioqueño de 64 años que vive en la ciudad de Medellín. No terminó su bachillerato y fue Gerente en el banco Bancafé de los pueblos antioqueños durante 15 años; se pensionó por invalidez después de un accidente en caballo.

Don Álvaro es una persona de gran calidez humana, quién me recibió cordialmente en su casa y que no vio ningún inconveniente en contarme su historia.

Tuve la fortuna de conocer a Don Álvaro y a toda su familia hace 1 año y medio aproximadamente debido a que estudio con su hija menor, mi mejor amiga y que al igual que su padre tiene una calidad humana que no es fácil de encontrar hoy en día.

Don Álvaro es una de esas personas que sorprende semana tras semana a quienes lo rodean y al relatar esta historia no dejó de hacerlo. Me sorprendió de una manera exorbitante no sólo por el poder y el amor de sus palabras, sino porque ni Tatiana su hija sabía ese detalle de la historia.

Con un gesto de compasión en sus ojos y una suave expresión en su voz dijo lo siguiente:

- “ Yo tenía la visa de turista para ir a Estados Unidos, pero a mi hermano Jairo no se la dieron y yo no podía dejar que él se fuera solo por el hueco, así que decidí irme con él”.